Era una de esas mañanas que se prestan a la reflexión, lluviosa, con ese característico aroma a tierra mojada que se cuela por debajo de las puertas y recovecos de las ventanas. Lo recuerdo de la misma manera que lo he recordado con cada mañana desde entonces.
Bostecé mientras estiraba el cuerpo, esperando que cada músculo despertara conmigo. Sin embargo me recorría ese hormigueo extraño que a veces invade las manos y las piernas, como cuando has estado en la misma posición y sientes esos piquetitos mientras la sangre vuelve a fluir por tus venas. Eran las seis de la mañana, aún no sonaba el despertador, programado diez minutos después, con tiempo suficiente para arreglarme, correr a la escuela y llegar en el preciso momento en que el profesor de biología intentara cerrar la puerta mientras mi mano y mi sonrisa se lo impedían.
Ese día, algo era diferente. Me sentía diferente. Recuerdo sentir el agua recorriendo mi cuerpo, esa sensación extraña que a veces produce el agua caliente, donde no puedes dejar de temblar aunque sientas que te quema y un escalofrío recorre tu espalda y se queda ahí en esa parte que no puedes alcanzar para frotarla.
Escogí la ropa que usaría por el resto del día, bueno por el resto del día es un decir, no se le puede pedir eso a alguien que recién cumplió los 18 años. No me maquillé; casi nunca lo hago; sólo cepillé mi pelo y lo acomodé, la verdad eso es mucho decir, no se puede acomodar mucho un cabello lacio que ni siquiera llega a los hombros. Me quedé sentada en el borde de la cama, intentando recordar cómo había regresado anoche a casa. Sé que después de la comida con mi familia salí con mis amigos a festejar mi cumpleaños. Me sorprendió que mi madre me dejara salir en día de escuela, pero era mi cumpleaños 18, así que simplemente accedió.
De pronto vi el reloj y sólo tenía unos minutos para llegar a clase. Me puse de pie y corrí, otro día sin desayunar. Bajo las escaleras, atravieso la sala, desaparezco por la puerta del frente, todo en el tiempo justo para evitar el grito de mi madre exigiendo que tome al menos un jugo y lleve un sándwich conmigo. Ja ja ja: como no puede comprender que eso sería un suicidio social… Imagino, mientras corro; los posibles comentarios, al menos de mis amigos más allegados.
¡Qué suerte! Ni siquiera he necesitado correr. Ya en la calle, ningún carro ha detenido mi camino en las pocas cuadras que separan mi casa de la escuela. Raro; a esta hora casi siempre me cuesta trabajo, al menos atravesar un par de ellas, pero hoy no; qué suerte. Llegué con tiempo suficiente para no tener que subir las escaleras corriendo. Me siento llena, como si hubiera desayunado en abundancia y el hormigueo de mis músculos ha desaparecido, imagino que por la caminata a toda prisa desde casa, ahora siento los músculos más relajados y fuertes; voy a extrañar eso, ahora que papá me ha prometido un carro por mi cumpleaños. Aún no decidimos cual, pero sé que extrañaré las caminatas a la escuela, es el único momento del día en que hago ejercicio.
Camino por el pasillo y no encuentro a nadie. Verifico mi reloj y son casi las ocho. No puede ser que no haya nadie en los pasillos, si a esta hora siempre están llenos: llego al aula y nadie tampoco aquí. Me siento en mi lugar habitual, mientras espero ver entrar al profesor y a mis compañeros; pero transcurren los minutos y nadie acude. Verifico la fecha en el celular y sí: es viernes. Pero nadie llega.
Me aburro de esperar, y decido, igual que los demás, tomarme el día libre, después de la desvelada de ayer me apetece un café y sentarme en alguna calle y ver pasar a la gente mientras no les presto la atención suficiente, para que su recuerdo dure en la memoria. Me levanto y salgo de la escuela. Trato de recordar si hubo algún comunicado o rumor en días anteriores donde se mencionara el no tener que venir a la escuela hoy; pero nada, no logro encontrar algo que así lo indique.
Camino por la calle alejándome de casa y yendo al parque; en verdad que necesito ese café para revivir y pensar con claridad; súbitamente me detengo. Hay algo raro: no me he topado con nadie desde que salí de casa hoy por la mañana. Verifico el reloj y marca las nueve quince. Llego al parque y atravieso la calle: la cafetería está desierta como todo hoy. Entro de todas maneras, deseando realmente ese café. Nadie, tampoco aquí.
Me siento intrigada. Decido ir a casa de Ana para ver como amaneció después de nuestra fiesta de anoche; espero poder tomar un café en su casa, necesito platicar con alguien. Recorro el camino en la mitad del tiempo que suele tomarme hacerlo. Entro en su casa. La puerta está abierta. Sus papás deben estar trabajando, y de seguro ella se quedó dormida. No es raro en ella, y más después de la noche anterior. Llego a su recamara y no está. Hay algo raro que acabo de notar: a todo le falta color, vida. No lo había notado hasta ahora que estoy en este lugar donde he pasado tantas horas en compañía de mi mejor amiga.
La desesperación me invade y corro a casa sin detenerme. Siento que el corazón se me sale del pecho mientras abro la puerta. Está sin llave, como todo en la ciudad. No había caído en la cuenta hasta ahora; simplemente entraba a cualquier lugar y todo estaba abierto. Al entrar grito – ¡Mamá!. Deben de estar todos en casa, porque los carros están en la entrada. Veo en la cocina y no hay nadie, como en todos lados. Subo las escaleras y reviso las habitaciones: nadie. Camino lentamente a mi recamara mientras mi cabeza intenta descifrar la situación. Me siento extenuada. No he dejado de pensar ni un instante y no puedo comprender lo que sucede. No he visto a nadie en todo el día. Me dejo caer en mi cama y cierro los ojos.
*Yawn.* Ya son las seis de la mañana, como otros días desde hace tanto tiempo que no puedo cuantificarlo. Me despierto e inicio mi rutina. No puedo comprender como a los 18 años ya tengo una rutina. No soy mi madre ó abuela para tener un conjunto de actividades cotidianas que hagan de mi vida un ritual idéntico día a día, no quiero definir mi vida como una rutina, más sin embargo no encuentro alternativa, inicio mi rutina.
El mismo escalofrío recorre mi cuerpo. Vuelvo a percibir ese sonido repetitivo e incomodo que me ha acompañado desde hace tanto, desde ese día en que como hoy me levanté esperando hacer algo diferente, pero sabiendo que todo sería igual. Al principio mi mente se negaba a aceptarlo… Era grotesco, demencial, un sonido metálico *tit*, que se repite *tit*, que taladra, que enloquece, y mi mente *tit* se negaba a aceptarlo *tit*, se resistía *tit*. ¿Qué pasó ayer, qué sucedió? Recuerdo el sonido seco de… *tit*, de algo, no puedo distinguir qué, escuché un grito, un golpe, sentí la humedad nacer en mi frente y recorrer mi rostro. Escucho otro grito: es terrorífico y después un grito seco y corto... ¡Oh Dios!: es mío. Se convierte en un quejido. Obscuridad total. Un periodo indeterminado…
Y ese sonido frío, único, repetitivo, molesto, angustiante, metálico *tit*, *tit*, *tit*, al ritmo de mi corazón; de mi pulso. Lo detesto, quiero olvidarlo, dejar de escucharlo, *tit*, *tit*, *tit*.
Ahora comprendo: nadie se había ido, pero me habían dejado sola…